Cada 1 de octubre, la Iglesia inicia el mes dedicado al Santo Rosario, una de las devociones marianas más extendidas y queridas por los católicos de todo el mundo. Lo que muchos desconocen es que esta tradición no nació de una revelación ni de la iniciativa de un papa, sino del desenlace de una batalla naval que cambió el rumbo de Europa. Te contamos un poco más.
El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar la batalla de Lepanto, en la que una coalición de fuerzas cristianas, la Santa Liga, se enfrentó a la flota del Imperio Otomano en aguas del golfo de Patras, frente a la ciudad griega entonces conocida como Lepanto. Antes del combate, los soldados cristianos se encomendaron a la Virgen a través del rezo del Rosario, y la inesperada victoria de una flota numéricamente inferior fue atribuida de inmediato a su intercesión.
El papa San Pío V, gran devoto del Rosario, instituyó entonces una fiesta en su honor, conocida primero como la Virgen de las Victorias y más tarde como Nuestra Señora del Rosario, fijada precisamente el 7 de octubre.
Y aquí es donde se esconde otra curiosidad: entre los soldados que combatieron aquel día en Lepanto se encontraba un joven español que, años después, se convertiría en el autor de una de las obras más importantes de la literatura universal: Miguel de Cervantes, quien participó en la batalla y perdió la movilidad de uno de sus brazos a causa de las heridas recibidas, lo que le dio posteriormente el sobrenombre de «el Manco de Lepanto».
Y es que el propio Cervantes llegó a describir después aquel enfrentamiento como «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Más allá de la anécdota, el origen de esta festividad recuerda algo muy importante sobre el Rosario: que no es solo una oración repetitiva de cuentas, sino, como recuerdan los propios dominicos, es una forma de «alabar y dar gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo» junto a María.
Su estructura, fijada también por San Pío V, se compone de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, a los que san Juan Pablo II añadió en 2002 los misterios luminosos, un recorrido completo por la vida de Jesús que convierte el rezo de cada misterio en una meditación sobre un fragmento del Evangelio.
De esta forma, octubre se presenta cada año como una invitación a redescubrir esta oración tan sencilla como profunda, con una historia que une la fe popular, la devoción mariana y, curiosamente, algunas de las páginas más importantes de la historia y la literatura de Europa. ¿Lo conocías?
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