Cada 1 y 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a mirar hacia el cielo y hacia el corazón: el 1 de noviembre, con la solemnidad de Todos los Santos, celebramos la victoria de quienes han vivido el Evangelio con fidelidad; y el 2 de noviembre, conmemoramos a los Fieles Difuntos, orando por quienes han partido al encuentro del Padre.
La santidad no es cosa de héroes extraordinarios, sino de corazones disponibles. La Madre Fundadora de las Religiosas Angélicas vivió la santidad en el dolor, en el silencio, en la entrega diaria.
Celebrar a Todos los Santos es reconocer que el camino de la santidad comienza en lo cotidiano: en el amor al prójimo, en la fidelidad a la misión, en la oración humilde y perseverante.
En la conmemoración de los Fieles Difuntos, Santa Genoveva nos invita a mirar con esperanza la muerte como paso hacia la Vida verdadera. Ella solía rezar y pedir oraciones por las almas del purgatorio:
Ofrecer la Eucaristía, rezar el Rosario, pronunciar sus nombres, visitar los cementerios… son gestos de amor que cruzan el umbral del tiempo y unen corazones. El alma no muere. Pasa a la eternidad.
Estos días nos recuerdan que todos estamos en camino hacia la plenitud. Que la santidad es posible, y que el amor no se interrumpe con la muerte. Que como decía Santa Genoveva:
Que todos los santos y quienes nos han precedido nos ayuden a reavivar nuestro deseo de ser santos, a través del amor hecho caridad cotidiana hacia los próximos pues el amor nunca muere porque Dios es amor.

